Yo quería tener una casa frente al mar, un mirador a la inmensidad para mí sola. Pero lo quería más tarde, cuando los huesos estuvieran cansados y ya sólo quedase mirar a lo lejos, como si tal cosa existiese, que sólo quede mirar a lo lejos. Ahora veo que era una estupidez. No el deseo, que era tan bueno como cualquier otro, sino el reservarlo para el futuro, un futuro siempre lejano. El mirador lo quería en un entonces que ya se fue, en otro ahora. Y el ahora es muy breve, y tan escurridizo y cambiante que no deberíamos regalárselo al porvenir.
Pero así es como somos, lo dejamos todo para después. Yo lo hago a menudo, como en este momento en que debería estar preparando la ropa que me pondré mañana o recogiendo las sábanas del tendedero. Y en su lugar, aquí estoy, a oscuras en mi cocina, mirando por la ventana. Aunque en realidad tengo que conformarme con mirar por el pequeño círculo que, como un ojo de buey, he abierto en el cristal empañado por el vapor del lavavajillas. Y no estoy aquí de manera casual; es más bien una vieja costumbre, una forma premeditada de perder el tiempo. A veces lo hago al llegar del trabajo, con un baile de números entre las cejas y las ideas tan desordenadas, que si agitasen mi cabeza, sonaría como un saco de tornillos. Nada más entrar por la puerta, tiro el abrigo y el bolso en el salón, y voy a la cocina donde me acodo en el escurridor y miro a los transeúntes. Y en unos minutos me descuelgo de las obsesiones laborales y me zambullo en un mundo más real, donde la gente pasea despreocupada y los deportistas ejercitan sus músculos relucientes. Aunque otras, como ahora, vengo a reposar la cena mientras contemplo cómo se recoge el mundo en este Madrid sin mar. Si el clima es amable, la calle aun sigue viva durante un rato, y puedo ver cómo la cruzan los jubilados de bufanda gris y los corredores que hacen silbar el aire a su lado. Y me asombra el paso firme de las madres que regresan a casa con sus niños saltarines, y arrastran al perro que tira con fuerza de su cadena en dirección al parque. Pero unos pestañeos después, todos desaparecen, como limpiados del paisaje por un barrendero imaginario que va empujando a escobazos a los jubilados, a los deportistas, a los niños y a las madres hasta meterlos en sus portales. En un segundo, en la calle no queda nadie y sólo la recorren las hojas, que el viento remolca, hasta que se detienen atrapadas en los bordillos. Hay algo mágico en ese momento en que todo se suspende hasta el día siguiente y se inicia una tregua en la actividad. Entonces, sin tener nada que mirar, dejo que mi mente vuele hacia donde quiera, y a veces, sin darme cuenta, me enredo analizando los sucesos del pasado, los pasos que di, los pasos que no di..., y eso me lleva a repasar mis sueños, los auténticos y los fingidos.
Entre los sueños fingidos está mi casa frente al mar. Una visión ideada para capear el vacío. Porque cuando faltan otras cosas, nos inventamos un mundo. Rascamos en el laberinto de nuestra mente hasta que encontramos alguna ilusión, la sacamos de la nada, la pintamos de colores y la echamos a rodar. Después soñamos una y otra vez la recién nacida ficción, y arrugados en la cama la vemos crecer y echar raíces, hasta que el sueño es sólido y es parte de nosotros, tan nuestro como el pijama que llevamos puesto mientras soñamos. Así nació mi casa frente al mar, durante un tiempo nulo y sin horizontes. Juan me había dejado. Mi Juan que había madurado una hermosa barriga junto a mí, una barriga puntiaguda, de lo más extraño, bien es verdad. Su barriga alimentada durante los diez años que pasamos en las barras de los bares, haciendo planes que para siempre colgarán en el museo de lo imposible. Después de diez años besándonos bajo las sábanas de su casa de la calle Berruguete, besándonos en el cine Cristal, besándonos en el teleférico colgados entre las nubes. Pero todo eso ya había quedado atrás. Cuando mi Juan vino aquella tarde para dejarme, los besos ya estaban amansados por el hábito. De modo que cuando me habló del fin no me temblaron las piernas, y al despedirnos como viejos camaradas, me dije: Bueno. Así son las cosas. Poco debía importarme cuando pude decirme: Bueno. Pero al día siguiente y al día siguiente del día siguiente, supe que el mundo se había descuadrado, se había salido de sus goznes y nada estaba en su lugar y una pregunta se instaló en mi conciencia: ¿Y ahora qué?. Y no había respuesta.
La pregunta llegaba a cualquier hora, dejando al descubierto el gran vacío de no encontrar a nadie esperándome al caer la tarde. Me hacía asomarme al absurdo de mi levantarme y acostarme sin objetivo, a un hoy sin sustancia y a un mañana que parecía un muro de hormigón armado por el que nunca entraría la luz. ¿Y ahora qué?. Después de varias semanas recibiendo las cuchilladas de la pregunta, enloquecí. Corrí como una demente bajo una lluvia de pedrusco gritando los peores insultos para Juan. Mi Juan, que me había dejado a merced de aquella pregunta insidiosa. Cuando todos los insultos conocidos habían salido de mi boca, me detuve; me refugié sin aliento en el rellano de una zapatería, y entonces ocurrió. Tras la cortina de agua que rebotaba en el suelo salpicando mis piernas, vi una imagen borrosa del mar. Un mar que lamía una cala blanquecina, y elevada sobre un roquedal, la casa. Reconocí el lugar y a tía Gloria tendiendo la ropa blanca contra el viento, tía Gloria cargada de arrugas y rodeada de su jardín de adelfas y buganvillas, tal vez entregada al placer de su gran deseo: su casa frente al mar. Aunque no sabría decir si ese fue alguna vez su deseo, el de tía Gloria. Pero yo lo hice mío y sentí la excitación de una mañana de Reyes al imaginar el rincón plácido que me estaba esperando en alguna parte. En ese momento salí a la calle, miré hacia lo alto y con una ducha de agua invernal golpeándome la cara, me prometí que un día tendría mi propia casa frente al mar. Y así recuperé la ilusión de vivir para algo. A partir de ese día alimenté mi sueño como a un animal doméstico y Juan pudo al fin descansar en el apartado de los recuerdos. Y el mundo siguió avanzando, cinco pasos adelante, cuatro pasos hacia atrás.
De cualquier forma, los deseos son de gran utilidad. Son el lubricante que hace girar el engranaje a falta de otra cosa. Y durante un tiempo, no había otra cosa, sólo arrastrarme por lo cotidiano y soñar. Hasta que un día apareció Eduardo. Eduardo, el hombre que vino, despertó mis instintos y al poco se marchó. Y mientras recorría el pequeño tramo entre el antes de Eduardo y el después de Eduardo, el sueño de la casa frente al mar fue diluyéndose hasta desaparecer. En su lugar, puse a ese hombre que acariciaba mis muslos haciendo resonar tambores bajo la tierra. Pero cada cosa vino en su momento. Primero subimos juntos una escalera; luego nos espiamos por los pasillos; más tarde nos interrogamos bajo las sábanas y hacia el final entre los dos construimos un pececillo que navega por mis entrañas.
El pececillo aun no tiene nombre formal. No sé cómo le llamaré cuando se pasee por el mundo. De momento le llamo Blin, que es breve y tiene algo de la pureza que le imagino al pececillo. Pero aunque Blin no tenga un nombre oficial, ya tiene una historia: la historia antes de Blin. Una vida sucediendo a una vida, sucediendo a una vida, sucediendo a una vida..., así hasta donde la memoria se pierde. Y hay una parte cercana en el tiempo que algún día le contaré y eso le dará calor, porque los relatos también sirven para eso, para templar a los pececillos. De modo que cuando deje de navegar y camine sobre dos piernas, le explicaré su historia. Una historia sencilla, nada sorprendente ni extraordinaria, en realidad. Una historia que tiene un principio, o tal vez más de uno, o quizás infinitos principios si la memoria no nos fallara tanto. Ya le imagino corriendo por la casa tras de mí como un cachorrillo persiguiendo mariposas: Cuéntamelo otra vez, Marina. Pidiendo más, con la insistencia de los pequeños. Aunque quizás no me llame Marina, tal vez diga Manina, o mamita, o cualquiera de esas mil formas que hay de llamar a una madre. Y seguro que le respondo con gusto, las veces que haga falta, porque de algo tiene que servirle tener una madre cuarentona, una madre paciente que ha vivido lo necesario y puede gastar su tiempo en contarle el mundo a su pececillo. Pero no todo serán palabras. Trataré de contagiarle mi afición a la lectura para que los libros también le guíen. Le compraré cuentos de enormes ilustraciones, que son un ascensor ultrasónico al mundo de la fantasía. Porque no creo que al pececillo le gusten los novelones que yo leo, esas narraciones inacabables que hacen que los eruditos se lleven las manos a la cabeza, aunque a mí, bien poco me importa, su lectura mantiene viva mi fe en el sentido del universo y alimenta la ilusión de que todo puede cambiar al girar una esquina. Seguramente los cuentos para pececillos hacen el mismo papel y generan el mismo entusiasmo, y casi puedo ver ya sus deditos señalando a un duende de caperuza verde, mientras detrás de sus ojos se forma una historia recién inventada. De cualquier modo, entre historias y cuentos, quizás algún día le hable de Eduardo. Y si lo hago, su cerebro ordenará los sucesos como sólo los pececillos saben hacerlo. Escuchará con atención cada palabra, cada detalle, y lo reunirá todo en un rompecabezas imaginario. No sé que pondrá en las esquinas, ni que colocará en el centro, pero seguro que echando un vistazo uno podrá saber que se trata de Eduardo, porque los pececillos son muy hábiles y cogen las cosas al vuelo.
Pero eso vendrá más tarde. Ahora el pececillo debe estar durmiendo en su caverna rosada, un buen ejemplo que voy a seguir. De modo que despego los codos que han quedado marcados con la forma de las ondas del escurridor, y con una pierna dormida cosquilleando al contacto con el suelo, salgo de la cocina. Recorro palpando las paredes del pasillo sin luz, hasta llegar al cuarto de baño, y con mi rostro iluminado ante el espejo, me lavo los dientes, me embadurno de crema antiarrugas y peino y repeino mi melena negra, que es tan fosca y rizada, que si no la engatuso de noche, por la mañana sólo unas tijeras conseguirían desenredarla. En la habitación me pongo el pijama a la luz de la mesilla y hago mis ejercicios cervicales: el cuello a la derecha, el cuello a la izquierda, pausa; cuello abajo, cuello arriba, pausa; el cuello gira, y resuena en el silencio como un lecho de ramas tronchándose. Entro en la cama y leo algunas líneas de Memorias de África, pero los ojos pesan demasiado y apago la luz. Vigilo un momento las sombras en el techo y los faros de un coche que recorren la pared. Hasta que los ojos se cierran, y veo puntos alocados y la figura de Eduardo sobre una oscuridad cada vez más oscura.
El despertador suena siempre cuando no debe. Pero es algo irreversible. Una vez que ha sonado, ya no hay vuelta atrás, hay que sacar los pies de la cama y echar a correr. Aunque a veces me entretengo con los ojos perdidos en el techo. Me gusta imaginar cosas para empezar el día, cosas absurdas que no sirven para nada. Lo hago consciente de mi extravagancia, porque los adultos no suelen soñar despiertos, no al menos cosas sin utilidad. Hoy por ejemplo, me da por preguntarme qué animal podría ser si no fuera un animal humano. Sin pensarlo dos veces, me meto en la piel de un pajarillo, o en la de un tímido gato, o en la de un cachorro de cualquier mamífero. Luego desecho la idea y como una tonta, me condiciono a ser algo más grande. Una tigresa o un águila. Y cuando el águila está a punto de remontar el vuelo, queda paralizada. Lo hace porque me pregunto la razón por la que he cambiado mi impulso natural hacia lo sencillo por algo majestuoso. Y no la encuentro. Aunque seguro que la hay, con todos esos hilos ocultos que nos mueven. Los hilos que nos hacen desear ser lo que no somos, o buscar lo que no necesitamos para nada. Pero hay que simplificar en cuanto antes. De modo que decido ser menos aparatosa y me levanto con la intención de ser el cachorrillo inocente que en realidad soy. Y me prometo dejar las tigresas para otras gentes.
El cachorrillo se lanza a la ducha con el regusto del sueño en la boca. Y empieza a pensar. Y piensa demasiado: que no hay nada para desayunar, que esto de levantarse es una faena, que estaba mejor inconsciente, que tengo que pagar el seguro del coche, que estoy engordando…. Y así una larga lista de ideas atormentadas. Pero cuando todos mis rizos se han aplanado bajo la ducha, empujo la sólida melena hacia el pecho, y con el golpeteo del agua sobre la espalda, todo mejora, como si cada una de las gotas llamara a la puerta de un punto vital adormecido. Entonces, una energía que no sé de dónde viene, me rescata de mis miserias y cuando salgo de la ducha y me seco entre vahos, soy otra. Y estoy lista para la carrera de cada día. Vuelo a la cocina a por un vaso de zumo envasado y me asomo a la ventana para ver el día que hace. Hago una foto climática que guardo en un rincón de la memoria: tímido sol pre primaveral, capa de hielo en los coches, frío intenso, no hay viento. De regreso, en el baño me lavo los dientes y seco un poco la melena con el secador para no ir dejando un rastro de agua a mi paso. En la habitación, recupero la foto climática mientras bebo el zumo a pequeños sorbos y medito qué ropa me pondré. Es un asunto al que dedico unos minutos. No es algo que me obsesione, pero sí creo que cada día requiere un color diferente, y cargar, por ejemplo, con un verde limón primaveral todo un largo día de rayos y centellas, es arriesgar mucho en la ya demasiado frágil dicha de nuestras vidas. Una vez tomada la decisión, llega el momento de vestir el cuerpo, que se resiste a la madurez y lucha embutiéndose en faldas estrechas y cortas para no olvidar que tengo sexo. Hoy elijo una falda azul turquesa y una discreta camisa blanca con jaretas, y como no soy muy alta, me calzo un par de buenos tacones. Luego hay una breve sesión ante el espejo. Nada de maquillaje, una raya negra bajo los ojos, y en los labios un toque de carmín. Entonces me detengo un segundo y hago un reconocimiento. Ahí estás otra vez, me digo, la misma de ayer, pero en otro día. Y para no alargarme en charlas matutinas, me saco la lengua y salgo del baño. Me pongo un abrigo negro, cuelgo el bolso al hombro, y taconeando por el pasillo, llego a la puerta que me separa del mundo exterior.
Los pasos más difíciles son los primeros, y cuando abandono el hogar, no puedo evitar que una leve melancolía haga girar mi cabeza hacia el portal. El gesto sólo dura un instante, pero lo suficiente para hacer saltar la alarma que despierta a mi yo práctico, que sin dudarlo un segundo, me tira de las orejas. Entonces miro hacia delante y controlo mis pensamientos. No dejo que recorran ese camino trillado del: lo bien que estaría en la cama, calentita, y ahora tengo que ir a trabajar, a compartir mi día con los que me rodean en esa multinacional donde me gano la vida. En su lugar, miro al cielo y compruebo si debo alegrarme porque va a llover, con la falta que le hace al campo, o si debo alegrarme porque hace sol, con la falta que le hace a mi ánimo. Y hoy, como ya anticipaba la foto climática que tomé desde la ventana, a pesar del frío, hay un hermoso sol casi primaveral que avanza suavemente hacia los edificios. Después entro en mi coche, que es muy bonito, nuevecito, un coche de próspera trabajadora que suena a gloria y corre alegre como un colegial. Y para acompañar su trote animoso, pongo música; a veces música de los Rolling Stones, con los que canto; otras, música de Mozart que sólo escucho o tarareo. Pero siempre música que alegre el pobre corazón, todavía arrugado por la nostalgia de los sueños. Entonces, así enlatada, me encamino por una carretera que lleva a muchos sitios. Y me entretengo imaginando otras vidas. Miro al resto de enlatados que se dirigen hacia su día particular, y me permito sentir pena por algunos, que llevan la tristeza pegada en la cara. Aunque otros, en especial los más jóvenes que van a la facultad, llevan unos rostros que da gusto. Y si van con alguien, charlan animados, y si van solos, también llevan música y cantan. Lo sé porque veo sus bocas moviéndose ajetreadas y en sus ojos hay un brillo de emociones casi adolescentes. La carretera sube y baja, gira y se allana. Mi coche galopa sin perder el ritmo, y cuando tomo el desvío a la carretera principal, al fondo aparecen las montañas de la sierra madrileña. La sierra que hoy se recorta con limpieza en el horizonte. Es una visión que siempre me alienta, como si en lugar de encaminarme al trabajo, pudiera hacer rodar mi coche hasta llegar a sus faldas, y pasar la mañana subiendo caminos entre peñascos y arboledas. Pero el desvío a la oficina llega pronto. Pongo el intermitente a la derecha, reduzco velocidad, y la visión desaparece.
Después de un semáforo y un breve camino que asciende suavemente, dos pilares de roca negra indican la entrada al parque tecnológico. No hay carteles, ni ninguna otra señal; sólo al traspasar los pilares, una cabina de vigilante habitualmente deshabitada. Paso bajo la mirada de los gigantes de piedra y entro en el recinto. El lugar es pulcro, ordenado, como una maqueta de sí mismo. Tan limpio y futurista que cuando llego, siempre me invade la misma sensación: el mundo real queda atrás y entro en el sueño de un maníaco de la disciplina. Los edificios no son iguales, pero siguen un patrón. Un patrón disimulado y sutil que descubres en poco tiempo. Un edificio, una explanada, un grupo de árboles. Un grupo de árboles, una explanada, un edificio. Y las combinaciones se suceden. Los edificios son diferentes, pero los árboles son todos iguales, álamos desgarbados tal vez conscientes de estar fuera de lugar. La calle principal es ancha, y a izquierda y derecha la cruzan calles más estrechas que acceden a las empresas. La multinacional en que trabajo aparece ante mis ojos. Es un edificio acristalado de ventanales azules a la luz de la mañana y ventanales violeta a la luz de la tarde. De nuevo pongo el intermitente a la derecha, busco plaza para aparcar, y aquí estamos otra vez.
La entrada a la oficina es toda de cristal y ofrece varias opciones. Puedes elegir entrar por la puerta central giratoria, o por cualquiera de las dos puertas laterales que se abren con la tecnología del pisotón. Casi siempre elijo una de éstas. Que al contacto de mi pie se abran las puertas del castillo, no deja de impresionarme y le da ligereza a mis pasos que se animan al sentir su propio poder. Hoy entro por la puerta lateral izquierda, y antes de que vuelva a cerrarse a mis espaldas con un breve siseo, empiezo a sentir el olor que navega por el edificio. Es un olor oscuro y cerrado al que te acostumbras, pero que sorprende después del olor suave del magnolio y las azaleas que alegran la entrada a la multinacional. Apenas siento el mal olor, llega el saludo del vigilante, a veces el saludo escueto del vigilante muy profesional que no confraterniza, y otras la breve charla con el vigilante que además de muy profesional es más cercano y sociable. Pero hoy el saludo es de formato reducido: Buenos días, Buenos días. Luego subo la escalera que gira y cambia de sentido un par de veces antes de llegar a mi planta.
Una vez allí, recorro taconeando el suelo del pasillo, que relumbra por un encerado tenaz, hasta llegar a la cuarta puerta a la izquierda, que da acceso al departamento. Al entrar en la sala, hay que despedirse de la luz solar. Sólo algunos privilegiados la tienen, pocos, en realidad: el director y unos diez jefes que ocupan despachos con ventanas. El resto nos movemos en un mundo artificial. De nueve a seis. Muchos, de nueve a nueve. La mayoría convivimos en pequeños cubículos compartidos, separados por mamparas de color gris, un gris mate desangelado, al que no consiguen arrancar ni un leve brillo los fluorescentes que iluminan el laberinto. Hay quien intenta alegrar el ambiente llenando su pequeño espacio de pósters. Osos que retozan sobre la nieve o castillos medievales que se recortan sobre una montaña nevada. Algunos tienen enmarcados a su familia y otros afectos: el pastor alemán recogiendo una pelota amarilla, un bebé que adelanta la mano para tocar la cámara, la cena de amigos que levantan las copas. Pero no hay nada que hacer. No deja de ser un laberinto irreal. Y una vez que traspaso la puerta del departamento, en lugar de hacer el recorrido menos complicado rodeando la sala por el pasillo lateral hasta llegar a mi mesa, decido atravesar en zigzag por los mini-pasillos y encrucijadas que separan los cubículos. Y en cuanto pongo el pie en el laberinto, los buenos días se suceden, una, dos, tres, cinco, muchas veces. Después de muchos desvíos, llego hasta mi sitio. Entonces me quito el abrigo, guardo el bolso, y me siento en la silla que gira sobre sus ruedas y me coloca frente al ordenador lleno de mensajes que hay que leer y responder. Pero le hago esperar. Primero voy a tomar café.
El café es el mejor momento en la oficina. Aunque hay que elegir bien la hora. Las nueve es una buena hora para tomar el café que te acerca a los compañeros. A Carmen la viajera, que narra sus aventuras con tanto detalle, que la ves allí mismo refugiándose del sol bajo las columnas del templo de Karnak. A Iñaqui, que habla con ojos de iluminado del último concierto que escuchó en el Auditorio. A Vicente y sus novelas de ciencia-ficción. A Julián, a Elena, mi buena amiga Elena. Todos ellos están allí, cada mañana, junto a la máquina de café, en el lugar en que averiguas quién es quién. No necesitas mucho tiempo, en pocos días sabes lo suficiente. Esa es la hora buena, las nueve. A las nueve y media es mejor no tomar café, porque entonces vienen los jefes: el director, al que llamamos el Mecano, y sus chicos que le siguen como una estela. Cuando ellos llegan, la cafetería se agita como una playa abarrotada de aves que alzan el vuelo alertadas de un peligro. Porque con los jefes y el Mecano es irremediable hablar del proyecto, el eterno proyecto que vive en un estado de pánico permanente, aunque cada año el proyecto sea distinto. Y si tomas café con ellos, es mejor tener una opinión. La ausencia de opinión está mal vista.
El Mecano se llama Angel Lozano. Su nombre es frágil, liviano, nada que ver con su personalidad. Es un hombre imposible. Quiero decir que no parece posible que sea un hombre, de ahí su apodo. Es una enorme bestia de carga, trabaja de sol a sol como si ninguna otra cosa importara. Es de mediana estatura, ancho y fuerte como un troll, tiene unas enormes cejas canosas y una mirada encendida, siempre a punto para la ira. A veces lo imagino como un gran monstruo sanguinario destripando incompetentes. Si entras en su guarida, estás perdido, salvo que seas duro, muy duro, y casi nadie es tan duro. De modo que sus chicos sufren, pero entran en el juego por ambición, y aunque le temen como al diablo, todos le admiran. El Mecano es una máquina de crear tensión. Es muy eficiente, todo se entrega a tiempo.
Hoy el café sabe especialmente dulce porque Aurora ha traído pastas. Aurora es la secretaria del Mecano y es una mujer que impresiona, de tamaño colosal y movimiento veloz. Se desplaza entre el laberinto y los despachos como impulsada por un motor invisible. Tiene un vozarrón que asusta, pero el contenido de sus palabras suaviza el efecto del sonido. Siempre palabras amables, palabras de ánimo.
-Ya queda menos, Marina, en nada nos vamos de vacaciones. Cuando ella llega a la oficina, se refresca el aire. Usa colonia para niños y cuando pasa a tu lado, por un momento dejas de estar allí y te ves rodeada de árboles y de risas. Es sólo un segundo, pero suficiente para apreciar a esta mujer de una pieza. Esta mujer que llega taconeando por el pasillo, se silencia en la moqueta y sin embargo aún escucha tu mente sus pies firmes sobre el suelo mientras ella avanza sin mirar atrás, dejando un reguero de saludos entre las mesas más cercanas al pasillo. Después echa una mirada rápida al despacho del jefe, otra a su mesa abarrotada de papeles, notas y artilugios de oficina. Luego deja el abrigo negro en el perchero, el bolso de cuero en el armario y su cuerpo vestido con blusa beige y falda marrón, se sienta frente a la mesa esquinada. Entonces empieza la batalla de esta mujer guerrera que saca adelante a dos hijos pequeños y a un marido en paro, que paga una hipoteca con muchas cifras y además le planta cara al Mecano como nadie, con elegancia, con gracia, levantando la voz más que él, poniéndose roja de rabia, manteniendo la espalda recta, mirándole de frente, a sus ojos iracundos, a sus grandes cejas alzadas, hasta que él se reduce, encoge y se vuelve a su despacho, para después de quince minutos de discutir a solas con su mala conciencia, llamarla para disculparse. Sólo ella consigue esa proeza. Por eso tiene nuestra admiración. Y además sus pastas están riquísimas.
Nos hemos arremolinado a su alrededor en la cafetería. Muchas manos se acercan a la bandeja llena de pastas de formas variadas. Algunas son flores con una guinda verde en el centro, otras son redondas, de guinda color de rosa y también hay medias lunas rematadas en las puntas con un baño de chocolate. Cuando entran en la boca, todo se llena de sabor a vainilla, sabor a almendra, sabor a nuez. Hay un ¡uhm! que rodea a Aurora que cumple años, pero no confiesa su edad. Aunque yo si la conozco. Tiene la edad en que los horizontes se estrechan y aparece la vista cansada, mi misma edad. Tomamos un café y un segundo café, mientras la charla se anima elevándose sobre la cafetería. Después Aurora envuelve las pastas que no hemos comido y empezamos a retirarnos. Elena y yo salimos las primeras y cuando llegamos al pasillo, la voz de Aurora nos alcanza:
-No os he dicho que llamó Eduardo. Dice su voz atronadora rebotando por el espacio vacío.
Sé que me está mirando, aunque avanzo sin volver la cabeza, sé que Aurora me mira, y que en realidad habla para mí. Mi respiración se ha interrumpido para escuchar sus palabras, y a la derecha siento a Elena vigilándome como se vigila a una ex heroinómana que alarga la oreja para enterarse del nuevo punto de venta del camello. Detrás de nosotras hay un revoloteo de compañeros rodeando a Aurora. Quieren saber y escuchan con atención al heraldo que trae las nuevas sobre el compañero Eduardo, el querido Eduardo, el buen colega Eduardo, el admirado Eduardo. Quieren saber y yo escucho porque también quiero saber.
-Está aburrido de tanta lluvia holandesa. Pero está contento. Dice la voz de Aurora.
Está contento, repite mi mente una y otra vez. Está contento y eso debería alegrarme, pero no sucede, y me pregunto por qué me desasosiega su contento, por qué tengo un nudo en el estómago que asciende hacia la garganta. Sea cual sea la razón, a Elena, que no deja de mirarme, no le gusta. Me agarra del brazo como si fuera una inválida y tira de mí hasta que atravesamos la puerta del departamento. Cuando llegamos a mi mesa, se coloca frente a mí y agita a un lado y a otro el dedo índice ante mis ojos, mientras dice una y otra vez: -Ese tipo no te importa, no te importa, no te importa- fingiendo hipnotizarme. Y eso me hace reír, y en un momento Eduardo regresa al olvido. Tras una breve charla sobre menudencias laborales, Elena se marcha tranquila.
Elena es una amiga recuperada de la adolescencia, de los veranos en la playa en casa de tía Gloria. La casa de tía Gloria que está frente al mar, y no frente a un mar cualquiera, sino frente a ese Cantábrico salvaje de costas recortadas por las tijeras caprichosas de un dios juguetón. O así lo imaginábamos nosotras, en aquellos veranos en los que jugábamos al pañuelo llenando de risas los soportales de la plaza del pueblo. La misma plaza en la que, más tarde, aprendimos a bailar al son de una orquesta de verano, mientras Elena le ponía letra a las canciones que no conocía. Mi amiga Elena la audaz, que en el verano de nuestros diez años, lanzó su grito de guerra desde una encina, voceando que era la reina del universo. Elena la estrambótica, que en el verano de nuestros catorce años, sorprendió a todos con sus pantalones de pitillo de rayas multicolores y sus minifaldas plastificadas que volvieron locos a todos los varones menores de edad. Mi querida Elena, dueña de la melena de cabello dorado más hermosa de toda la costa. Su melena rubia siempre junto a mi melena negra, que al caminar pendulaban al unísono sobre la cinturilla de avispa de nuestros primeros vaqueros. Amigas abrazadas en una confidencia interminable, corriendo de noche desnudas por la playa hasta entrar en el agua helada, mientras gritábamos para que el calor nos encontrase. La querida amiga que desapareció de mi vida a los dieciséis años. Y después nada. Un largo tiempo sin Elena. Hasta que una Elena informática apareció hace tres años en la multinacional. Cuando Aurora vino a presentarme a la nueva compañera, nuestros ojos maduros se reconocieron al instante. Y desde entonces, la nueva amiga Elena. La misma Elena transportada a través del tiempo y de años de estudio y un matrimonio fracasado del que entonces se recuperaba. Y lo hacía con arrojo, como si aun estuviera subida a aquel árbol y su grito “soy la reina del universo” siguiera rebotando por el paisaje como un largo eco imparable. Elena es la mujer que me hubiera gustado ser, si no me gustara ser la mujer que soy. La Elena que imita el caminar de mandril del Mecano como nadie, la que asegura que la inteligencia se mide por la profundidad de las arrugas de la risa. La Elena que ahora tiene un amigo diez años más joven que ella, su Jorge de culo recio y caderas ágiles, como ella le describe; aunque cuando les veo juntos, sé que hay algo más que caderas y culos entre ellos. Lo sé por la forma en que él la mira, con unos ojos de ratón atormentado.
Cuando Elena se marcha de mi cubículo, entro en una rutina que apenas deja huella. Casi siempre ocurre, después del café de la mañana, todo se emborrona. Las gestiones, reuniones, peticiones y todas las “ones” que uno pueda imaginar, se suceden. A veces los días se confunden, y afortunadamente, todos terminan. Eduardo decía que yo era la estrella fugaz de la oficina, cuando quieres darte cuenta de que está allí, ya es demasiado tarde para verla. Lo decía porque me marcho cuando hay que marcharse, cuando se cumple el horario. Tengo esa costumbre que me diferencia de los demás, de casi todos. La de trabajar lo que debo, ni una hora más, ni una hora menos. Lo que debo. Porque al otro lado de estos muros, me esperan las cosas importantes, la vida fuera del paréntesis ineludible del trabajo, que llena demasiado tiempo y exige demasiada energía. Pero el paréntesis tiene caducidad y cuando llega la hora, me marcho.
Además, hoy tengo una cita. A las seis en punto debo estar sentada en una sala de espera. Conozco el lugar. Es un pequeño cuarto, con una ventana que asoma a otro edificio, rodeado de sillones cómodos, sillones modernos y azules, muebles amables para la espera. En el centro de la sala hay una mesa de cristal con una invitación a la lectura, una lectura que no me gusta, de chismes. Aunque también hay revistas especializadas con titulares sonoros: Cómo será el parto en el siglo XXI; Los padres de hoy, los padres del mañana; Fecundación in vitro, la esperanza. A veces las ojeo y me asombran los avances del mundo, como si fuera una cavernícola que se asoma al futuro. Las paredes de la sala están adornadas. Hay un cuadro de mujeres recogiendo las mieses de un campo soñado, mujeres que se agachan, se levantan y reúnen en hatillos espigas doradas. Seguro que están sudando, aunque en el cuadro no se aprecia. Y a pesar de que tampoco está en el cuadro, imagino cómo habrán sido sus partos. Partos intempestivos en la campiña. En medio de la noche, una mujer corre con una palangana, mientras en la habitación, la parturienta suda y se aferra a la sábana. A su lado, otra mujer le refresca la frente y acerca la boca a su oído para susurrar palabras de aliento. Hasta que el silencio de la noche se rompe con un grito. Los partos de otros tiempos, más arriesgados, pero iguales a los partos de estos tiempos. Sudor y gritos.
Las demás paredes de la sala están adornadas de confianza. Los títulos del ginecólogo quieren animarte: -Soy un experto- anuncian -, mis diplomas lo avalan. Aunque la confianza no nace de sus diplomas, sino de la tranquilidad de su voz. La voz del ginecólogo. Y de su habilidad. La habilidad de este hombre tierno que desaparece mientras desnudas la mitad de tu cuerpo y lo colocas en la camilla con las piernas abiertas, exponiendo tu sexo en la indefensión más absoluta. Entonces él regresa y revolotea un segundo a tu alrededor como si buscara algo, aunque lo que en realidad hace es despistar a su timidez, hasta que se acerca ligeramente turbado y sentándose frente a ti, dice: -Tranquila, es sólo un momento, relájate. Ves que hace algo entre tus piernas abiertas y en un momento, un aparato entra y sale por tu vagina con una agilidad de ensueño. El hombre te sonríe, da media vuelta y murmura: -Ya está, vístete, te espero en la otra sala. Y te espera en la otra sala, ya más tranquilo, tecleando algo en su ordenador. Pero hoy la cita será diferente. Le diré: -Creo que estoy embarazada. Le diré: -La prueba ha sido positiva. Le diré: -Tengo un retraso de dos semanas. Y seguro que su cara se ilumina de alegría. Este hombre que adora a las embarazadas como el ganadero ama a las vacas y el periodista las malas noticias, con un amor espontáneo y sin dobleces. Sus ojos se redondearán de ilusión imaginando la incertidumbre que él mitigará, un mes, un trimestre y un semestre, sus sabias manos palpando, sus ingenios escuchando a lo lejos al pececillo latiendo, al pececillo creciendo. Y su mirada se suavizará anticipando el final feliz, cuando una cabeza asome luchando contra viento y marea para alejarse del lugar más cómodo de la tierra y entrar en un mundo incomprensible en el que hay que llorar para comer. Todo eso verán los ojos sabios del ginecólogo cuando le anuncie que estoy embarazada. Y tal vez también vea mis dudas.
La cita es a las seis para ver a ese embrión que divide células y las transforma dentro de mi cuerpo. Blin se organiza. Lo imagino ordenando concienzudamente su nuevo hogar. La bolsa que le cobijará, el canal por el que recibirá alimento, un montón de tejido para formar su esqueleto, otro para sus órganos y otro más que dará forma a la piel que algún día acariciarán los dedos de un amante tal vez aun por nacer. Ahí está Blin, haciendo todo eso, y agarrándose fuerte para no caerse. Yo no puedo ayudarle, pero le animo, a pesar de mis dudas. Si ha llegado hasta ahí, que siga adelante. Es la única forma de ir a algún sitio, en realidad.
Mi casa es un lugar apacible y soleado. Los rayos del sol entran en mi habitación por la mañana y pasan el día recorriendo el mobiliario de cuarto en cuarto, hasta salir por la cocina al atardecer. Los muebles de mi hogar son coloniales y los visillos blancos. Esa tonalidad blanco sobre miel le da el aire acogedor de los cuentos con final feliz. Algunos cuadros animan las paredes, un Kandinsky multicolor te saluda al entrar y en el salón hay un beso contorsionado que eternizó Gustav Klimt. En el pasillo y las habitaciones cuelgan máscaras y telas pintadas por autores desconocidos, artesanos anónimos de lugares lejanos que un día visité. Los libros están en el cuarto de invitados, en la librería que ocupa una larga pared y que sube hasta el techo combándose por el peso de mis novelas. Justo frente a la librería, hay un sofá cama de tela floreada donde a veces me tumbo a leer. Unos pasos más allá está mi dormitorio. Mi dormitorio que es grande, tanto que puedo tener una mesa. La mesa es de pino y está situada bajo la ventana. A la luz del sol la superficie muestra las cicatrices de lo muy usado; por todas partes hay marcas nacidas de la presión del bolígrafo, que ha escrito cartas y ha tomado notas al vuelo durante años. Las notas las escribo en esos papeles adhesivos de colores que pego por todas partes para no olvidar lo que debo hacer, el teléfono al que tengo que llamar o la lista de cosas a comprar. Sobre la mesa hay un par de diccionarios, un cubilete de cerámica azul lleno de bolígrafos y la figura de un orangután. Un orangután que medita sosteniendo la barbilla con su garra. Es una figura por la que siento mucho aprecio. Me recuerda mi estupidez y me devuelve el sentido común cuando me pongo transcendente.
Siempre que entro en casa, me asalta un pensamiento: ya he llegado. Como si todos mis pasos en la vida condujeran aquí. Como si este lugar fuera el único fin de mis movimientos. Y en cuanto abro la puerta y se cierra a mis espaldas, me invade la felicidad del que alcanza una meta. Pero mientras me dirijo al salón, cae sobre mí el vacío de quien ya no tiene a donde ir y siento como si mis pies pendulasen en el vértice de una carretera cortada que asoma a un abismo. Los dos sentimientos son rápidos y se marchan al instante, pero son invariables. Después viene la curiosidad. Me acerco al contestador buscando un mensaje, y de vez en cuando me sorprende y descubro que alguien quiere conmigo algo no planificado, algo que me saca de la rutina. Aunque ocurre pocas veces, y es una pena, porque la rutina es una losa, un gran monolito que pesa sobre mis espaldas. Pero hoy me alegra que no haya imprevistos. Mejor la soledad para asimilar el nuevo giro de la vida. Asimilar la visión del ser milimétrico dentro de mi cuerpo, una mancha invisible a mis ojos que el ginecólogo ha asegurado que crecerá, la mancha que es el pececillo. El ser que he dudado muchas veces si debería nacer, aunque la idea de expulsarle de mi útero de un tirón ha ido alejándose desde que empecé a llamarle Blin. Una vez que uno le ha puesto un nombre a las cosas, es difícil deshacerse de ellas. Y Blin tal vez ahora esté nadando arriba y abajo en su pecera, boqueando líquidos y haciendo burbujas ante sus ojos, mientras recojo el abrigo y el bolso y me dirijo a la cocina para empezar a pensar en la cena.
Soy muy mala cocinera. Más bien debería decir que me aburre cocinar, aunque soy de buen comer y disfruto un guiso como nadie. Pero prefiero que cocinen otros. Si no fuese porque me entristece ir a un restaurante sin compañía, cenaría siempre fuera. Y esa es una de mis inquietudes cuando regreso del trabajo: ¿qué cenaré?. Mi frigorífico suele pasar la mitad de la semana en coma: presente pero inútil. De modo que despacho el asunto con tortillas o fiambre, nada difícil. Es una lástima, porque mi cocina es el sueño de cualquier cocinera. Es un lugar amplio y bien iluminado que mira a una calle llena de animación. Y como siempre que entro en ella, hoy algo tira de mí hacia la ventana. Es un hábito insobornable, como un vicio fuera de control. No hay nada que hacer, cuando atravieso el umbral de la cocina, una fuerza desconocida me arrastra a la ventana. Mis codos se apoyan en el fregadero como atraídos por un poderoso imán, mientras el resto del cuerpo se acomoda en una pose de escuadra, una pierna se dobla y la otra queda estirada. Entonces me concentro en observar las pequeñas variaciones en el ritmo inalterable de la actividad del barrio. Porque cada cosa en mi calle tiene un horario propio. A esta hora cierra sus puertas el Hogar del Jubilado, y los pensionistas toman la calle como lo hace una gran marea al romperse un muro de contención. Pero una vez fuera del local, se organizan en pequeños grupos que recorren mi calle en todas direcciones. Sus gorras y bastones se agitan, tal vez discutiendo la última jugada de la partida de mus y las mujeres caminan en parejas, cogidas del brazo, mientras mueven la cabeza arriba y abajo confirmando las palabras de sus compañeras. Hasta que poco a poco todos se dispersan, como gotas solitarias que se alejan hacia el autobús, o desaparecen en la oscuridad de algún portal. También esta es la hora en que las madres se recogen empujando los cochecitos de sus bebés. No hay padres los días de diario. Ellos pasean a los niños el fin de semana. Se ve que tienen la misma costumbre que Eduardo, la de no encontrar el camino de salida del trabajo hasta bien entrada la noche. De cualquier forma, por la tarde, los carritos los empujan las madres o los abuelos. El horario de los deportistas es muy variado. Corren bajo mi cocina casi a cualquier hora, con sus zancadas de gacela y su respiración agitada. Los ciclistas no suelen circular tan tarde. Sus costumbres son más madrugadoras, los fines de semana se les ve esforzándose en la minúscula cuesta donde la calle comienza, una pedalada, otra pedalada y el sudor se derrama por sus rostros contraídos, que sólo se suavizan al llegar al quiosco de periódicos donde la calle se allana. A veces siento el deseo de cambiar mis hábitos viendo a esos potros salvajes y musculosos derrochando fuerza. No hay nada como contemplar el mundo desde mi ventana. Las tardes son muy breves en esta época del año y en cuanto me descuido, el sol se hunde tras los edificios y desaparece.
Esta noche cenaré tortilla de espárragos.
Los días tienen personalidad propia. Hay días suaves como arrullos de madre y otros que se arrastran en el tedio. Días en los que mueves un pie y luego otro pie, pero nada sirve para alejar el desasosiego. Los hay que se pierden en la vorágine de la prisa, del recado, de la cita, del trabajo. Cada uno empieza y se alarga hacia su declive dejando pequeños rastros. Rastros sutiles que marcan el camino que seguiremos en otros días inocentes, que nada saben del anterior. Éstos, en su recorrido, también dejarán su marca. Lo hacen todos, los buenos y los malos. Pero hay algunos que dejan una huella profunda que ahondamos aún más en nuestro deseo de ver repetido cada fragmento. Días que se descuelgan del gris indiferente, en los que algo empieza y algo termina, y nos arrancan de quienes éramos antes para convertirnos en quienes fuimos después. Y uno de esos, fue el día que vi a Eduardo por primera vez.
Del principio de la mañana, no podría decir gran cosa. No sé qué desayuné, ni si había dormido bien, o si me encontré con algún vecino en el ascensor. Creo recordar que el sol del otoño se había escapado de entre las nubes para brillar sobre la carretera que me acercaba a la oficina, que los coches rugían como siempre en los parones y volvían a brincar cuesta arriba y cuesta abajo al liberarse el atasco. Seguro que el mío trotaba como ninguno, hasta que aparcó junto al magnolio. Y algo extraordinario sucedió entonces. Al abrir la puerta, el coche se llenó de un aroma dulce, como si el magnolio soñara con sus flores de primavera. Ese olor, que no debía estar ahí en esa época del año, fue una señal, como una claqueta que se abre y se cierra dando paso a un rodaje. Y cuando quiero recuperar aquel día, no tengo más que buscar ese olor y cerrar los ojos, entonces él me lleva de la mano por las imágenes guardadas al detalle en la memoria.
Me veo caminando en el recuerdo hacia la recepción que abre sus puertas a la presión de mis pies. Cuando entro, hay un hombre desconocido, alto y trajeado, hablando con el vigilante. No veo su cara, porque me da la espalda, pero oigo su voz, una voz masculina y cavernosa, como la de quien acaba de levantarse de la cama tras una noche de juerga. Doy los buenos días y miro hacia ellos con la esperanza de que el hombre gire la cabeza hacia mí. Pero no lo hace, no deben haberme oído porque continúan hablando. Renuncio a mi curiosidad y empiezo a subir la escalera. Cuando ya he ascendido unos escalones, la voz del vigilante me detiene.
-Marina –grita-, ¿Podrías venir un momento? Es el vigilante sociable que conoce todos nuestros nombres.
-Claro- digo dando media vuelta y descendiendo hacia ellos, contenta de poder descubrir el rostro del hombre de voz arrugada.
Entonces le veo. El hombre desconocido me mira llegar sobre mis tacones con una mano apoyada sobre la mesa de recepción. Mis tacones son altos y golpean con fuerza dejando un rastro sonoro en aquel espacio vacío. Y él espera al final, con su calma acostumbrada, que yo aún no conozco. Hay un gesto disimulado en su boca que se tuerce a un lado en una sonrisa, y al acercarme veo que sus ojos también sonríen. Es la sonrisa de quien observa a un niño ajeno a punto de caer en sus primeros pasos. Mientras me acerco, le estudio con descaro. No es un hombre guapo, tampoco es demasiado feo, aunque si fuera un cuerpo disecado, nadie lo visitaría. Tiene una nariz destacada, sobre un rostro afilado, poco común. Por un lado de su frente cae un flequillo negro deshilachado rozando uno de sus ojos, que son verdes, inquisitivos, de esos que te miran y sabes que te han descubierto. Su cuerpo es delgado, fibroso, como un árbol joven pero firmemente enraizado. Hay algo en él que conmueve, un ligero desvalimiento, una especie de necesidad que asoma a sus gestos; algo que te hace desear abrazarle, mimarle, darle calor.
-¿Puedes acompañarle, Marina?- dice la voz del vigilante-. Aurora no puede bajar a buscarle. Es un nuevo compañero.
Y el nuevo compañero extiende su mano hacia mí. Yo le doy la mía, que está helada, y desaparece entre su mano nudosa y cálida.
-Eduardo Montera- dice su voz de caverna.
Yo también digo mi nombre, y señalo la escalera con la mano.
Según avanzamos hacia la escalera me doy cuenta de que llevo puesta la cazadora de cuero vieja. Una cazadora que ya me pongo muy poco, por lo usada, y eso hace que me sienta incómoda, como si me hubieran pillado en pijama. Pero seguramente a él, mi cazadora no le dice gran cosa. Eduardo camina junto a mí y su olor me sorprende. No es un olor a fragancia-de-hombre-muy-hombre-cara-muy-cara, es el olor de alguien recién duchado, recién afeitado, fresco para la vida. Y hace muchas preguntas mientras ascendemos por la escalera abrillantada. Yo respondo con monosílabos a veces, otras me alargo, pero sólo lo justo para ser comprendida, porque el hombre me impresiona y no quiero que me delaten las palabras. Subimos dos pisos y observo que está en forma porque a pesar de su parloteo, no jadea. Tomamos el pasillo a la izquierda, y el cuerpo espigado se va deteniendo ante las puertas que vamos dejando a los lados y pregunta cada vez quién trabaja tras ellas. Su flequillo se agacha sobre mí esperando la respuesta.
-Aquí trabajan los de Ingeniería- digo.
Él camina despacio, se detiene y escucha mi voz rebotando en el espacio vacío, seguramente esperando que diga más. Pero yo acelero el paso obligándole a seguirme.
-Aquí está Recursos Humanos- digo al llegar ante la puerta siguiente antes de que él pueda interrogarme. Pero esa puerta ya la conoce, por las entrevistas, me doy cuenta nada más decirlo, al tiempo que el flequillo negro vuelve a caer acercándose a mi cara.
-Sí, esto sí lo conozco-. dice, con tanta suavidad, que su voz no rebota. Yo acelero más el paso y Eduardo casi tiene que correr para alcanzarme.
Mis tacones repiquetean en el pasillo y el hombre, ahora callado, camina junto a mí sin dejar de mirarme desde lo alto. Mis zancadas intentan ser amplias para terminar el viaje cuanto antes. Y entonces ocurre. Uno de mis tacones resbala sobre el suelo encerado, y mi pie gira sin control haciendo que mi cuerpo se tambalee y caiga. Creo que voy a estrellarme con violencia y que me romperé todos los huesos. Pero no llego a tocar el suelo; me siento detenida con fuerza a medio metro de la superficie. Los brazos de Eduardo me rodean y su rostro queda pegado al mío. El flequillo roza mi frente y sus ojos verdes tienen un brillo intenso. Su boca se ha abierto en un gesto de sorpresa, pero al momento muestra los dientes formando una sonrisa. Yo tengo de pronto mucho calor y noto mi sangre bombeando hacia la cabeza, pero estoy en la gloria, suspendida en este columpio humano a dos palmos del suelo. Estoy tan a gusto como cuando encuentro esa posición en la cama que me lleva directamente al sueño. Sé que debo hacer algún movimiento para levantarme, pero no lo hago, y él tampoco se da prisa en deshacer el abrazo. Debemos parecer patinadores que se deslizan por el hielo practicando una acrobacia. Los dos sabemos que la pista se acaba y hay que romper la postura, y al momento lo hacemos y Eduardo se alza despacio ayudándome a levantarme. Entonces nuestros cuerpos se separan y comprobamos que las ropas están en su lugar.
-¿Siempre empiezas así el día?- dice Eduardo-, y los dos reímos mientras empezamos a caminar despacio hasta llegar a la puerta del departamento.
-Hemos llegado- digo, sonriendo al hombre que también lo hace.
-Me ha encantado conocerte- dice guiñándome un ojo.
Entonces aparece Aurora y yo aprovecho sus presentaciones y saludos para escabullirme y entrar en el laberinto.
El resto de aquel día está nublado en mi memoria, confundido con otros tantos a los que el tiempo ha pasado el borrador para las imágenes inútiles. Las imágenes que se repiten una y otra vez sin aportar nada a la vida futura. La mente sabia las amontona en un paquete reducido marcado con etiquetas que dicen: me levantaba a las ocho o teníamos una reunión los martes a las tres. Y todo aquel levantarse y reunirse se amalgama en un atadijo marcado con la etiqueta: en aquel tiempo yo hacía esto o aquello, una y otra vez. Así la memoria reserva su espacio para las claves de la vida; los hechos, olores, sabores y afectos imposibles de empaquetar. Para imágenes únicas que nos guían a través del tiempo. Y desde que subí aquella escalera junto a él, Eduardo ocupa muchos rincones de ese espacio privilegiado de la memoria.
En la multinacional, no hay relojes. Ningún reloj de pared marca el paso del tiempo recordándote la hora que es a lo largo del día. Seguro que algún psicólogo bien pagado lo recomendó años atrás, en uno de esos ensayos sobre productividad, competitividad, eficiencia, y cualquier otra palabra usada y abusada para que te dejes aquí el alma sin apenas darte cuenta. Y no hay relojes. Bueno, alguno hay. Están los diminutos relojes en el ordenador con la hora del sistema que casi nunca coincide con la hora real, y ese otro monstruo digital colgado en la recepción, tan grande, seguro, para que te abochorne la culpa cuando llegas tarde. Y hoy llego tarde. El enorme reloj me lo escupe a la cara: Las nueve y media y tú apenas entrando. Y me excuso como una ingenua ante los números gigantes y hago responsable a Blin, que debe estar alterando mis ritmos vitales. En cuanto desaparezco de la vista del reloj, me doy cuenta de mi estupidez y me insulto por haber caído en la trampa del juego sucio de la multinacional.
Entonces me disculpo con el pececillo, que nada sabe aun de la suciedad. -Perdona, Blin, pero uno se deja enredar de una manera…. -le digo con la voz de mi mente que desciende a través de arterias y conductos encarnados. Pero no hay respuesta. Blin debe estar muy ocupado. Ahora pasa su tiempo enredado en el arte de la construcción y como un gnomo sabio, martillo en mano, le da forma al futuro. Repite gestos automáticos aprendidos durante milenios, reordenando el universo humano. El minúsculo ser recrea cada órgano, cada vena, poniendo todas las piezas en su lugar. Pronto tendrá un rostro, un rostro único que fruncirá los labios y arrugará la frente en un ensayo de enfado. Quizás alguno de sus miembros no haya quedado a su gusto. De cuando en cuando se detiene a contemplar su obra en la bolsa rosada, tal vez preguntándose qué hay al otro lado del fluido que le rodea. Aunque es probable que las preguntas sólo puedan nacer al contacto con la luz, cuando a sus ojos abiertos lleguen sombras desconocidas que lo alejen de su primer hogar, para zarandearlo y arrancar de sus pulmones un llanto largo y ruidoso que saldrá de él en un exterior muy grande, demasiado grande para un pececillo. Entonces ya no habrá vuelta atrás y Blin empezará a buscar su lugar en el mundo.
Yo también lo hago, desde hace mucho tiempo y por caminos propios. Aunque ahora mis pies me guían por el laberinto, sabiendo que este no es mi lugar, que es sólo un tránsito inevitable en mi biografía de plebeya. A veces me pregunto cómo he venido a parar a este trabajo. No va conmigo. Aunque si miro hacia atrás y tiro del hilo, veo cada paso que me condujo hasta aquí, pero no entiendo por qué no di otros pasos. Es extraño que seamos tan apáticos cuando se trata de nosotros mismos. De cualquier forma, hay que ganarse el pan. De modo que recorro el laberinto distribuyendo saludos y cuando llego a mi mesa, la silla me espera en una posición que no le es propia. No mira a mi ordenador como cada mañana, sino en dirección opuesta y un poco alejada de él. Por un momento imagino que ha pasado la noche esforzándose para huir de su destino. En mi mente se dibuja el suceso. La silla se concentra bajo la tenue luz de emergencia, y haciendo un esfuerzo hercúleo, gira dándole la espalda al artilugio informático. Siento su satisfacción, su orgullo. Seguro que batiría palmas, si tuviera manos. Luego, ya armada de confianza, la silla avanza cada dos horas algún centímetro, hasta llegar a la posición rebelde en que yo la encuentro esta mañana. El repiqueteo de los dedos de Pedro sobre el teclado, deshace la ilusión. Alguien debe haber venido a verle esta mañana y ha usado mi silla.
-Buenos días, Pedro- le digo. Él apenas separa la vista de la pantalla.
-Buenos días, Marina.
Pedro Martínez es mi compañero de cubículo. Es un hombre menudo, con carilla de roedor y tan nervioso como un padre primerizo en la sala de espera. Pedro es aragonés y astuto como un zorro. Que es aragonés, se nota en cuanto abre la boca. El aire que le da a las frases y los «icos» que de vez en cuando se le escapan, no deja lugar a dudas. Que es un zorro, también se sabe pronto. Es el hombre que está en el lugar adecuado, en el momento oportuno. Hace la pelota con una sutileza de maestro y además le acompaña una buena dosis de estrella. Algo de lo que yo carezco. Si digo una palabrota cada dos años, en el preciso momento en que ésta sale de mi boca, pasa el Mecano a mi lado. Si me quejo del petardo de trabajo que estoy haciendo y lo verbalizo en muy pocas ocasiones, descubro inmediatamente que un jefe de proyecto está a mis espaldas. Mi suerte debe estar en otra parte, aquí no, desde luego. Para Pedro todo es diferente. Es un ingeniero con futuro, con una carrera planificada, estructurada, analizada y cargada de promesas. Es la línea vital que ha elegido: hacer dinero, ganar prestigio, llegar alto en algún organigrama. Es un género que abunda por aquí. Yo respeto eso, aunque no lo comparta, lo respeto, mientras sean amables y no me fastidien demasiado. De Pedro agradezco su claridad, sus ambiciones están a la vista, nada de disimulos. Además trabaja como un mulo. Es lo que más me gusta de él, su esfuerzo tenaz; si llega a algún sitio, al menos se lo habrá ganado, aunque eso suponga que apenas levante la cabeza para saludarme por las mañanas. Pero para todo hay excepciones y algunos días nos invitamos a café. Entonces siento su curiosidad desparramándose en la conversación. Creo que tiene algún tipo de incapacidad para entender que alguien que no sea estúpido integral no tenga ambiciones. Me analiza como a un bicho desconocido, a un animal en vías de extinción, pero casi siempre consigo llevarle a mi terreno y acabamos riéndonos. En esas ocasiones, la risa nos acompaña al volver de la cafetería, y la suya, que es muy ruidosa, se esparce por todo el departamento dando vida al laberinto. De cualquier forma, pronto se lo llevarán de aquí a algún despacho. Siempre ocurre. La mesa junto a la mía es un lugar de paso, un puente a la cima. No es casual, mi cubículo es el más cercano a los despachos y ubican temporalmente a mi lado a los más prometedores. Lo extraordinario es que yo esté aquí. Supongo que mi jefe no quiere molestarse en pensar donde ponerme.
Mi jefe se llama Alfonso y es un vago redomado. Parece haber caído por error en un mundo que exige movimiento. Cuando camina, a su cara asoma un gesto de resignación mientras sus pies se arrastran por la moqueta, como si la fuerza de la gravedad sólo se hubiera creado para torturarle. Y si vas a su despacho sin previo aviso, le encuentras mirando al césped, ensimismado en algún pensamiento ocioso. Ni se molesta en disimular su apatía. Aunque en una ocasión - aquél día debía de estar inspirado -, al sentirse descubierto en su habitual inactividad, me dio una larga charla sobre el esfuerzo mental que su trabajo «ingenieril» requiere. No le presté mucha atención porque acostumbra a desahogar conmigo su aburrimiento y he adquirido con el tiempo la habilidad de desconectarme del río de naderías que fluye de su boca. De modo que mientras él habla, mi mente se evade haciendo la lista de la compra o analizando los males del mundo. Pero aquél día no pude dejar de oír el final de su discurso.
-Hay que pensar mucho, Marina, tú tienes suerte de no tener que hacerlo.
Pude ignorar la estupidez de sus palabras ante la visión de sus enormes pies sobre la mesa y sus manos amarradas tras la cabeza, que dejaban en evidencia varios círculos concéntricos de sudor en su camisa. Hombre tan soez y desmañado no merece ni respuesta.
Esta mañana Aurora viene a verme en cuanto siente mis movimientos y me invita a café. Lo hace a menudo, pero hoy tiene un motivo claro, una razón definida, premeditada. Quiere darme la información sobre Eduardo que guarda desde ayer como un tesoro. Camino de la cafetería lo hace. Aunque en realidad no hay mucho que contar, sólo que está harto de lluvia, que el nuevo trabajo le gusta y que nos echa mucho de menos. Aurora recalca el «nos echa mucho de menos», adelantando los labios en un muuucho larguísimo, mientras se asoma a mi perfil que avanza por el pasillo como un jeroglífico imperturbable. Debo de llevar cara de perro, y Aurora deja de hablar. En la entrada a la cafetería, me pregunta: -¿Estás bien, Marina?.
Entonces mi perfil se somete y obligándome a sonreír, miro de frente su rostro preocupado y digo: -Estoy genial, Auro.
Lo hago con convicción. Tanta, que yo misma lo creo.
-Genial- repito mientras nos acercamos a la máquina de café en la que no hay posibilidad de intimidad.
Varios compañeros hacen corro y nos acogen. Y lo agradezco. Que no tengamos intimidad y Aurora no pueda hurgar en mis sentimientos, por muy buenas intenciones que le acompañen.
Después del café me siento en la silla mágica, la silla que por un momento imaginé rebelde. Pero nada más alejado de la realidad. Es una sierva de la multinacional y en cuanto me siento, me empuja ante el ordenador. Sigue órdenes predefinidas, no las mías, que más bien le pediría salir volando por alguna ventana y acercándonos a las nubes, recorrer los alrededores para tener una visión panorámica del parque tecnológico. Aunque la pobre tendría serias dificultades para encontrar una ventana de salida, porque este edificio es hermético, inteligente, un monstruo de supuesta eficiencia. Un edificio en el que el aire entró una vez y deambula por las rejillas disimuladas en el falso techo, donde un ente anónimo lo purifica, lo enfría, lo calienta y lo vuelve a expeler. Y no hay ni una ranura para que la silla pueda salir volando. De cualquier forma, siguiendo instrucciones ajenas, me coloca ante el ordenador. Esta mañana tengo que escribir el resumen de una reunión descifrando las notas farragosas de Alfonso, preparar unas transparencias para una presentación y un gráfico de calidad para el informe del proyecto. Y todo ello en un día, sin cometer errores y fingiendo que no hay un ser minúsculo enredando dentro de mi vientre. Pongo manos a la obra.
Por la tarde viene Julián. Se asoma a mi mesa y dice:-¿Café? —Sus finos labios están estirados en una sonrisa, apenas una minúscula línea perdida en las enormes dimensiones de su cara. Y un brillo pícaro en sus ojos indica que trae noticias. No necesariamente buenas noticias. Simplemente, noticias. Julián disfruta compartiendo las novedades que escucha aquí y allá. Es la mejor herramienta andante para distribuir un rumor, seguro que alguna vez le han utilizado para eso.
-No puedo, Julián -le digo-, Tengo que terminar unos gráficos, y quiero irme pronto.
Él no se muestra decepcionado, ni tampoco se marcha. Se planta frente a mí cruzando los brazos, sin dejar de sonreír, y entonces sé que no va a renunciar a darme las nuevas. Levanto las manos del teclado y señalo la silla de Pedro, que ahora está ausente, invitando a Julián a sentarse. Habrá que escuchar su historia. El rostro de Julián se redondea de satisfacción y se sienta.
Julián es un hombre simple, tal vez la palabra adecuada sea ingenuo. Creo que eso le define, su ingenuidad. Tiene un cuerpo grandullón, desgarbado y de aspecto perezoso. Y es muy lento. Sus movimientos lo son y también sus reacciones, su forma de hilar los pensamientos y de ponerlos en palabras. Le insultas hoy y se da cuenta al día siguiente. Tengo que ser cuidadosa con lo que le digo porque no es alguien a quien quiera dañar. A veces me descuido cuando se pone pesado, y si estoy de mal humor, me sale la vena maligna con él y le espeto algún despropósito. Entonces él se va con la cabeza gacha, como golpeado, sin terminar de comprender mis palabras. Su cerebro analiza despacio lo ocurrido, le lleva muchas horas procesarlo y al día siguiente, ni me mira y cuando pasa junto a mi mesa, su expresión es de odio. Un odio herido. Después hay que esperar al menos otros dos días para que su mente ponga las cosas en su sitio y se acerque de nuevo. Para entonces le ha dado la vuelta al suceso de tal forma, que se disculpa como si él hubiera sido el causante del roce o se sintiera merecedor de cualquier palabra agria. Julián es un ser extraño. Además, me tira los tejos. Lo hace con poca gracia, poca convicción, sabiendo que todo es inútil; pero es constante, como un artesano retocando su obra, un piropo aquí, un halago allá. Y a pesar de mi indiferencia, no desiste.
En una ocasión estuvo a punto de desparramar sus sentimientos ante mí. Ocurrió en una fiesta, una celebración por el éxito de alguno de nuestros proyectos. Casi todo el departamento estaba allí, bebiendo una cerveza tras otra, llenando el bar de bullicio y carcajadas, excepto un pequeño rincón bajo un televisor mudo. Julián se las ingenió para hacerme llegar hasta ese lugar. Una cerveza en mi mano, otra cerveza en la suya. Él empieza su discurso: -Yo… Esto…, Marina, yo…
Sus ojos me miran desde lo alto, enrojecidos y abultados como los de un carnero en su sacrificio. Está tan aterrado como borracho. Por su cara descienden unos goterones de sudor y su cuerpo de oso se inclina hacia mí. No pierdo de vista la cerveza en su mano que se agita nerviosa, derramando algunas gotas a sus pies.
-No sé si sabes, Marina. ¡Ejem! Qué difícil es esto.
El cuerpo de Julián se acerca demasiado, bamboleándose, con la cerveza avanzando temblona. Entonces, como si convocara a todas las fuerzas del universo, a su cara asciende un rojo reventón y su voz aguda se eleva sobre todas las voces, y dice: -Marina, sólo quería decirte…
En ese momento una parte del bar se silencia y nos mira, al tiempo que la cerveza de Julián cae sobre mi camisa. Nunca terminó la frase. Y pasaron semanas hasta que se atrevió a volver a hablarme.
Hoy se balancea en la silla como un niño feliz. Estoy sentada frente a él, esperando. Entonces él hace rodar su silla hasta que nuestras rodillas casi se tocan y acercando su cara a la mía, suelta su información en voz baja, como si un comando de espías escuchase tras las mamparas.
-Dicen que van a recortar el gasto de limpieza. A la mitad- continúa elevando un poco el tono y abriendo mucho los ojos-. Imagínate, ¡nos va a comer la mierda!
Creo que mi boca se ha quedado un poco abierta esperando más. Esperando que diga lo que eso indica, que hay problemas financieros, y lo que implica, que alguien se quedará sin trabajo. Pero él ya lo ha dicho todo y echándose hacia atrás, se arrellana en la silla y me mira complacido, como si acabara de hacer la gesta del día. Qué pena de hombre, pienso.
-Julián, tengo mucho que hacer -le digo-, y giro en redondo mi silla dándole la espalda. Puedo imaginar su expresión desconcertada, pero intento ignorarle. Al momento le oigo resoplar al levantarse y veo en la pantalla de mi ordenador el reflejo de su cuerpo gigante internándose en el laberinto con pasos lentos y desanimados. Su visita me deja un regusto amargo en la boca. Si Blin supiera lo que puede esperar de este mundo, tal vez se ataría a un rincón de mis entrañas y se negaría a salir.
Cuando Julián se marcha, entro en un estado que conozco. Yo lo llamo el encadenado de fatalidades. Es algo que me ocurre muy de tarde en tarde, pero cuando sucede, me deslizo sin darme cuenta hacia lo más sombrío del pensamiento. Siempre empieza con el mal humor, un mal humor provocado por un incidente sin importancia, que en cualquier otro momento liquidaría levantando con disimulo el índice en un gesto obsceno. Pero cuando el encadenado de fatalidades me ataca, el mal humor al poco se convierte en ira, y bien a gusto patearía cualquier objeto cercano. Después la ira se agota, pero me deja maltrecha y se abren largos corredores en mi mente, en los que rebota el desasosiego buscando la luz. Entonces me ofusco estudiando mi vida de arriba abajo, sin encontrar nada digno de salvarse de una quema inquisitorial, hasta que empiezo a revolcarme en la autocompasión. Y sin apenas darme cuenta, caigo en la desolación más absoluta. Y a ese punto he llegado cuando decido salir de la oficina y huir a casa a enclaustrarme hasta que pase el día.
La soledad está camuflada en todos los rincones de la vida. Se esconde en el lunes y el jueves, en poner la lavadora y escuchar esa canción de Jarabe de Palo. Se oculta al descolgar el teléfono y al ponerte las zapatillas. Te sigue con cautela cuando sales en busca de compañía y se coloca tras de ti como un guardaespaldas al encontrarla. Después regresa contigo y atraviesa a tu lado el umbral cuando introduces la llave que gira y abre tu refugio. Y a veces es dulce, liviana, como la soledad de regar los tiestos o enredar en el armario. O la que va contigo al tumbarte en el sillón para inventarte una hermosa historia que te salve del aburrimiento. Pero a veces la soledad golpea fuerte. Arremete contra ti y te noquea. El mundo entonces toma un color ceniciento, desesperanzado. Y sin esperanza el mundo es una cloaca, un monstruo de mil cabezas que te devora sin devorarte en un inacabable tormento. Y esa soledad me espera hoy en casa detrás de la puerta.
Vengo empapada por una lluvia repentina, una lluvia que sólo ha caído para mojarme. Empieza cuando salgo del coche y se detiene cuando entro en el portal. Después nada. Sólo queda una nube negra que navega sobre el barrio adelantando la noche. La llave gira y la puerta se abre y ahí está la casa vacía, los cuadros inanimados, el libro silencioso sobre la mesa. No hay ninguna muestra de vida. Todo está congelado en el mismo instante en que lo abandoné esta mañana. Nadie ha paseado por mi casa. Nadie ha hecho la cama. Nadie ha abierto mi frigorífico. Nadie ha venido y nadie se ha marchado. Un gran peso cae sobre mí y corro hacia la cocina. Enciendo la radio para que me acompañe y llene de algo el vacío aplastante que se ha posado sobre mis hombros. Miro por la ventana buscando alguna distracción. Hoy los corredores no están ahí, tal vez la nube que ha venido a mojarme, les retiene en sus casas. En su lugar hay una pareja de enamorados. No les importa la nube, ni la lluvia, ni la oscuridad. Ella es una linda y delicada muñeca rubia. Él es moreno, pelo corto, jersey azul. Se funden en un abrazo bajo mi ventana. Un abrazo que no es de consuelo, ni de pasión desesperada. Es un abrazo juvenil, de sentimientos puros, sin carga de dolor. En el amor joven, no hay apenas dolor, aunque ellos lo duden. Tal vez sólo un ligero dolor que les prepara para el dolor futuro, mucho más profundo. Se besan. El beso es limpio. Imagino sus bocas adolescentes, bocas frescas, llenas de palabras alegres. Sus bocas amarradas comparten alientos de esperanza. Al momento se separan contentos y las manos se unen. El joven cuerpo de él hace una cabriola en el aire y por el movimiento de la cabeza rubia, creo que ella ríe. Entonces salen de mi visión entrando en un portal y me siento aún más deprimida.
Tumbarse por la tarde es una mala costumbre, un hábito de vagos. Nadie debería pasar la tarde tumbado en un sillón, nadie que no esté enfermo. Pero hoy yo lo hago, sin importarme si eso me sitúa en la categoría de los vagos o de los enfermos. Lo hago con la intención de dormir para que el encadenado de fatalidades termine de una vez y los sórdidos y tristes pensamientos que me han acorralado puedan esfumarse en la nada. De modo que me tumbo y enciendo el televisor. Busco entre los canales uno que moleste poco y me abstraigo del mundo. No sé cuanto tiempo transcurre. Pero al despertar, me rodea la oscuridad, y sólo el destello de las imágenes en el televisor ilumina mi salón.
Salto del sillón despejada, redimida. No hay nada como dormir. Cura las heridas, la fuerza regresa y los encadenados de fatalidades se diluyen. Las siestas sólo tienen un inconveniente: cuando llegue la hora de ir a la cama, no podré dormir. Pero me equivoco y cuando llega el momento, duermo como un lirón.
Ó Esther Aparicio Hernández