Tenía cuatro años, dos
coletas dolorosas en lo alto de la cabeza y una pequeña nariz que tapaba para
no aspirar el olor del abono. Mi padre soltó mi mano. Me agaché para coger un
canto del suelo y al levantarme miré y él ya no estaba. Di media vuelta y vi la
losa de piedra. De pronto, mi padre asomó medio cuerpo detrás de ella haciendo
gestos burlescos y agitando las manos. Volvió a esconderse y reapareció por el
otro lado haciendo divertidos aspavientos. Así una y otra vez. Yo reía y daba
palmas bailando entusiasmada.
Dos años después, cuando mi padre murió, no lloré. Me coloqué sonriendo frente a su lápida, segura de que aparecería por un lado de la losa haciendo cabriolas. A mi alrededor todos gemían, pero yo no me inmuté. Seguí esperando pegada al suelo hasta que me sacaron de allí a rastras. Durante mucho tiempo me escapaba de casa y regresaba al cementerio. Me colocaba frente a su lápida y esperaba. No recuerdo cuando dejé de hacerlo. Desde entonces mi vida ha sido una larga espera.
Como cada tarde a la hora de la siesta, veo sus piernas difuminadas tras el visillo. Hoy el día es gris y esa tristeza del cielo acompaña esta despedida que se repite cada semana, porque otra vez es viernes, el último día para disfrutar de su pequeño secreto. En la calle no hay nadie y si saliera al balcón casi podría tocar el de ella alargando la mano. Pero prefiero mantener este anonimato, seguir mirándola cada tarde desde detrás del visillo. Creo que ella sabe que estoy aquí y que le gusta.
Está sentada en su sillón, como siempre. Ese sillón verde y viejo del que nunca quiso deshacerse y coloca casi de espaldas a la ventana. Sólo veo su perfil oscurecido por la distancia, la melena negra cayendo detrás y sus piernas que estaban cruzadas y ahora deshacen ese abrazo. Esa es la señal. Siempre hace lo mismo. Luego acaricia sus muslos despacio, esa seda que tan bien conozco. Las manos se mueven con gusto, como acariciando el lomo de un animal amigo. De vez en cuando, imagino, alcanzan el vello púbico, como de pasada, esa maraña suave que guarda el centro del placer. Sé que está desnuda y sólo pensarlo hace que corran por mi nuca leopardos diminutos.
Qué bello su cuerpo. Sus senos pequeños, redondos, de niña grande y risueña. Aunque ya no lo sea. Me gusta saber que ella mima ese cuerpo como yo lo hacía. Ahora uno de sus brazos sube, la mano acaricia el pezón que se endurece, ese tacto de almendra. Cómo desearía besarla ahora, lamerla entera. A veces fantaseo con la idea de que ella sabe que estoy aquí, más bien que sabe quién es quien está aquí. Y que ella también piensa en mi pecho, en el vello donde se enredaban sus manos, en la fortaleza de mis piernas, y entre medias el sexo, que ella besaba, chupaba y acariciaba en un movimiento incesante hasta que no había nada más en el mundo que su mano y su lengua. Pero aquello ya está lejos, ahora tengo que conformarme con imaginar su placer al otro lado de la calle. De lunes a viernes.
A veces gira el sillón lo suficiente y puedo ver su desnudez al completo, aunque sólo hacia el final. Entonces veo su sexo abierto, esperando a nadie. Y cuando los dedos entran y salen, imagino la explosión en su vientre y su grito. Conozco ese sonido, muchas noches lo oí cuando nuestros cuerpos eran uno, durante años. Siento mi erección ya incontrolable, pero no quiero perderme nada, ni un suspiro, ni un movimiento de su cabeza. Mi mano sólo desciende cuando veo que ella se pone en pie, se asoma a la calle tras el visillo, y da media vuelta mostrándome las nalgas tersas y altivas para luego perderse en la oscuridad del interior del salón.
Mañana es sábado y a la hora de la siesta tal vez
nos sentemos juntos frente al televisor. Puede que alguna película nos atrape
unas horas. Y quizás en un descuido ella mire de reojo el sillón verde frente
al balcón. El sillón que nunca usamos, al menos, durante el fin de semana.
EL CALCETÍN
Confundo a veces el rostro del deseo con el del
amor. Soy así de ingenua. En muchas ocasiones, una sonrisa insistente, una carilla
a la que asoma un amago de tristeza o una mirada atrapada al vuelo, me han
llevado a la idea errónea de que por ahí, por ahí, podía empezar algo que no se
resolviese en un revolcón desaforado. Pero todo termina en un polvo. No es que
un polvo de cuando en cuando le venga mal a nadie, pero tras un desahogo
tremebundo, un temblor de tierra y un desbordarse de ríos, llega la nada. Tal
vez otro encuentro, otro terremoto y luego el silencio, la decepción y de nuevo
la espera. Empiezo a cansarme de seguirles el juego, de compadecerme de su
deseo hinchado como un globo. Parecen adorar hasta la más minúscula de tus
células, para después de satisfechos, mirarte de reojo y dejarte tirada en
posición horizontal. Entonces te preguntas qué habrás hecho mal para caer del
trono a velocidades tan supersónicas.
El del calcetín se llamaba Fernando. Llevaba un
mes sirviéndome la mesa en el restaurante El Soriano, con ese caracolillo que
caía por su frente, esos ojos negros que te atravesaban y el cuerpo espigado
que parecía querer partirse en cualquier momento en dos. Aunque a decir verdad,
feo, era feo como ninguno y además tenía una nariz que asustaba. Porque mira
que hay camareros guapos en el mundo, de esos que te dejan embelesada, que te
recomiendan un postre con tanta gracia, que antes de traértelo ya estás
chupándote los dedos. Pues nada, a mí me tienen que gustar los feos. Y éste,
era de esos, y además acostumbrado a conquistar mujeres, de puro pesado.
Conmigo Fernando fue muy insistente. Que si hoy estás muy bonita, que si acaba
de entrar el sol por la puerta, que si los hombres de tu barrio están ciegos,
que no te dejaría yo ir sola, que si... en fin, todas las zalamerías
imaginables. Me cayó simpático, claro, porque soy medio tonta. Tan pesadito se
puso, que a los pocos días me descubrí mirándole de perfil, observando cómo se
agachaba sobre las mesas, viéndole salir y entrar con los platos en alto. Hasta
que un día me di cuenta de que me temblaban las piernas cuando su figura
aparecía con la sopera entre las manos. Entonces me enfadé, no con él, si no
conmigo, porque mira que soy tonta y requete-tonta que siempre me pasa lo
mismo.
Un día que él jugueteaba a mí alrededor, le miré mientras rebañaba la salsa de tomate
de los macarrones y le dije: “conmigo no hay juergas que valgan”. Porque
ya estaba yo mosqueada por la fugacidad del entusiasmo masculino. Harta estaba
ya de esa triste experiencia del desahogo rápido y después, si te he visto no
me acuerdo. De modo que me había propuesto vida monacal y siempre que alguno se
me pusiera baboso, mirar hacia otro lado. Así que le dije: “conmigo nada de
juergas”. Pero él no debió creerme, o tal vez mis palabras le picaron aún
más, porque al día siguiente, más de lo mismo, las miradas dolidas de novio
despechado y sus ojos desbordándose sobre la sopa. Hasta habría jurado que sus
dedos temblaban al acercarme el plato y me miraba de una forma tan intensa como
si el fin del mundo asomara a un milímetro de mi perfil. De modo que me aflojé, como siempre, le
acepté una copa y terminamos en posición horizontal.
Fue una noche gloriosa, aquella. Tiempo hacía que
mi cuerpo no quedaba tan relajado, satisfecho y despejado. Quedé como
recompuesta, aunque sólo en la parte menos pensante de mi organismo. Las otras
partes, las más quisquillosas, no tardaron mucho en bombardearme a preguntas,
todas sin respuesta, claramente. Porque el caballero ya no estaba. Había
desaparecido, se había evaporado, extraviado en el espacio infinito, como
todos. Contuve la ira y le di una oportunidad: pobre, pensé, tal vez tenía
prisa. Le imaginé levantándose sin ruido y vistiéndose despacio. Recordé
sus manos y sonreí, porque aquellas si que eran unas manos grandes, sus
ancestros debieron recoger las cebollas más grandes del mundo.
Con estos pensamientos y otros igualmente
estrafalarios, seguí disfrutando de la calma natural tras una noche de orgía.
Pero el momento de la verdad llegó cuando mis pies rozaron bajo las sábanas una
prenda de tacto escurridizo. Esforcé mis pies descansados y jugueteé con
aquello sin saber qué era, hasta que lo arrastré por la cama para acercarlo a
las rodillas. Alargué el brazo bajo las sábanas y alcé la prenda con la mano.
Estúpida de mí, me la llevé a la cara y me llegó un olor tan clásico y
desagradable como sólo puede serlo el olor a pies. Aquello me despertó del todo
y me devolvió a la realidad: el tío se había dejado un calcetín. «Será despistado» fue
mi primer pensamiento. Y hasta miré con ternura a aquel ruin objeto. Pero el
segundo fue más duro: «ya hay que tener prisa para
largarse sin un calcetín». Me levanté como acalambrada, enfadada con el
mundo y sobre todo conmigo misma, que siempre me tiene que pasar lo mismo y
encima, con tíos más feos que un dolor. Aun así, suspiré durante días y esperé
una llamada que nunca llegó.
Había pasado una semana y no podía dejar de ver su
cara, fea como ninguna, ¿qué tendrán estos tíos feos que me vuelven loca?
Empecé a buscarle excusas. Tal vez su madre ha muerto, o quizás fui un poco borde, con este carácter
mío tan mandón. Y venga a darle vueltas a las mismas ideas y a otras
diferentes, hasta que finalmente me convencí: El pobre, seguro
que espera que yo vaya a verle. Pobre, seguro que piensa en mí todos los días,
viendo mi mesa vacía en el restaurante, el pobre. Y así
una lista interminable de estupideces se agolpó en mi mente hasta que
finalmente sin saber muy bien cómo, un día me vi frente a la puerta de El
Soriano.
Era martes y había lentejas. Conozco el menú
semanal de memoria, pero además, el aroma inconfundible a laurel y chorizo me
esperaba al otro lado de la puerta. Busqué con la mirada a Fernando y no había
rastro de él. Un compañero suyo me acomodó en la mesa junto a la ventana y
seguí mirando a mí alrededor porque algo me decía que él estaba allí, aunque no
lograba localizarle. Al fin le vi tras una columna. Su cuerpo de figurín se
agachaba sobre una mesa, y aunque la mesa y sus ocupantes quedaban ocultos a mi
mirada, podía oír los murmullos y alguna que otra risa. Me pareció que Fernando
tardaba en alejarse de allí, demasiado
tiempo para tomar un pedido, pensé. Su nariz asomaba de vez en cuando tras
la columna, a veces se agachaba y a veces desaparecía, como jugando al
escondite. El tiempo transcurría lento para mi impaciencia y un resorte
desconocido hizo que mi cuerpo se levantara del asiento y se acercase al oculto
rincón.
Al acercarme, oí la voz de Fernando y a
continuación una risa femenina, una risa aguda y sincera. Vi la gran nariz
agacharse sobre la mesa, hasta casi rozar el enorme escote, propiedad de una
rubia teñida que reía con la boca abierta. Luego el rostro giró al oír mi voz:
-¿Cómo estás, Fernando?- dije. La nariz se alzó. Su labio superior tembló ligeramente,
tomó la sopera en una mano y dijo con gesto desencajado:
-Hola Teresa, ahora estoy ocupado, te veo luego-
Entonces dio media vuelta, sopera en mano, alejándose de la mesa e ignorándome.
Algo que ascendió de mi estómago se anudó en la
garganta al darme Fernando la espalda y sin saber muy bien qué hacía, corrí
tras él, le adelanté y le planté cara. Entonces él frenó, aunque no a tiempo, y
la sopera sobre su cabeza empezó a tambalearse. Fernando hizo regates inútiles
tratando de controlarla, girando sobre sí mismo hasta que volvió a darme la
espalda. En ese momento, algo perverso en mí golpeó su rodilla y Fernando cayó
al suelo con los brazos en alto, que de pronto parecieron de goma, mientras
intentaban recoger la sopera, y lo hicieron, pero sólo unos milímetros sobre su
cabeza y ya dada la vuelta.
El nudo que me había empujado a cometer esa locura
se había deshecho y al ver ante mí los ojos desorbitados de Fernando, sentí un
ligero amago de simpatía. Tan mal nos han educado a las mujeres, que no podemos
ni ser malas sin sentir por un segundo compasión. Pero rechacé el sentimiento y recordando de pronto el objeto en mi
bolsillo, lo saqué y se lo lancé al regazo a Fernando.
–Te lo dejaste en mi casa, venía a devolvértelo- dije. El calcetín fue a
reunirse con zanahorias y lentejas.
Qué pena haberlo lavado,
pensé.
Di media vuelta y caminé hacia la puerta
estirándome sobre mis tacones, pero antes de cerrarla, miré un segundo hacia
atrás y sonreí al ver a mi camarero sentado en el suelo. Sus ojos habían
quedado como idos, absortos en sus piernas estiradas, como si en ellas fuera a
encontrar respuestas. Parecía un ave grande. La nariz sobre el pecho, el pico
en reposo tras un vuelo ajetreado y alguna que otra lenteja se escurría por la
curva silueta del rizo acaracolado que adornaba su frente. Cerré la puerta y me
fui preguntándome por qué siempre tendrán que gustarme tíos tan feos.